Yo denuncio…
Mar 9th, 2009 by Kundalah
Siempre pensé que los americanos eran unos exagerados con las denuncias y los pleitos; que por cualquier chorrada, a la que sólo se le aplicara un poco de sentido común, no haría falta entrar en tediosas querellas. Sin embargo, esa… llamemos cultura de la demanda, consigue que las compañías o, simplemente, los que están al mando, se anden con mucho ojo.
Lo que a primera vista, como digo, parece una chorrada, a veces lamento que no sea así en España. Por supuesto, los delitos mayores se denuncian (aunque no todos, lamentablemente), sin embargo, parece como si en vez de la cultura de la demanda tuviéramos asumida la cultura de “no merece la pena” y muchos se aprovechan de ello. Por ejemplo, ¿A cuánta gente conocéis que haya tenido alguna movida con Telefónica? Yo mismamente debería haberlos denunciado por incumplimiento de contrato y, en vez de eso, acabé pagando cincuenta euros de multa por cambiar de compañía.
No sé si la culpa la tiene la pereza que da enmarronarse con papeleos, acabar hasta las cejas de llamadas arriba, llamadas abajo, para que te hagan caso, o si se resume en la impaciencia por una resolución que va a ser de todo menos rápida. Así que acabas pagando por algo que no deberías, pero pasas rápidamente a otra cosa y te olvidas de ella. Y de alguna manera, siempre engañosa, crees que has ganado. “Ajá. Ya no van a sangrarme más esos cabrones”. Pero que te vayas no les molesta tanto porque tienen a millones de clientes más, así que la pérdida no les supone ningún trauma.
También puede que se trate de la cultura de “no merece la pena el esfuerzo” o “no va a servir de nada”, asumiendo que las personas que tienen cierto poder o que están algo más arriba tienen carta blanca para hacer lo que les plazca y que nosotros, simples currantes, no tenemos la menor oportunidad de ganar.
Sí. Creo que algo de eso tiene buena parte de la culpa. Cedes en el colegio, cedes en el trabajo, cedes con la compañía de teléfonos, cedes con el que supuestamente tiene el poder. El poder para suspenderte si le place, el poder de despedirte, el poder de tener unos abogados caros que tú no te puedes permitir… ¿Y cuando vuelves la vista atrás qué descubres? Que te han pisoteado demasiadas veces y que sólo te quedan dos alternativas: seguir quejándote aunque sea con razón y asumir que las cosas van a seguir así para el resto de tu vida o decir basta. Poner un límite a tu dignidad y decidir que quien sobrepase ese límite no puede salir impune. Llamadlo orgullo si queréis, yo prefiero seguir llamándolo dignidad. Como solía decirme mi madre: el tiempo de los esclavos pasó hace tiempo.
Desde hace unos años es frecuente ver en los medios cómo la pérdida de autoridad de los profesores ha propiciado que estos se vean indefensos ante la altanería del alumnado hasta el punto de llegar a la violencia física. Me parece algo no sólo deleznable, sino que además tengo la sensación de que no se están tomando las medidas oportunas para que este problema desaparezca de las aulas. Sin embargo, hasta el día de hoy no he visto ni una sola noticia sobre el abuso de poder de un profesor frente al alumnado. Algo que sin duda debe ocurrir desde tiempos inmemoriales. ¿Es porque no es noticia o porque asumimos en estos casos que el profesor tiene razón?
Es común oír la expresión de “es que el profesor me tiene manía”. Y aunque suele ser una excusa bastante frecuente, me pregunto ahora en cuantos casos la afirmación está más que fundada. Cuántas historias, cuántas anécdotas he vivido en mis propias carnes, he visto cómo sucedían delante de mis ojos o he escuchado en boca de otros que, pensadas con seriedad, de graciosas tienen más bien poco. “Te suspendo porque sabes demasiado”. “No sé si ponerte un cinco o un diez”. “Te suspendo para motivarte”. “Te suspendo porque sé que apruebas sin apenas estudiar y yo quiero que estudies y te lo tomes más en serio”. La última que puedo añadir al repertorio: “te dejo hacer el examen porque soy así de comprensiva”. De haber estado presente mi respuesta habría sido: “No, hija de la grandísima, hago el examen porque es mi derecho como alumno. Mi derecho a que me examinen”. Habría sido más diplomática, eso sí. Pero no demasiado.
Por si no lo sabías ya, desde hace unos meses estoy en trámites para denunciar a una profesora y, si es posible, al propio centro. ¿Por qué? Porque no estamos en tiempo de los esclavos. Porque independientemente de la edad todos tenemos nuestra dignidad y quien la pisotea no debería quedar impune. Porque en un centro educativo se imparte educación. Pero no una educación unidireccional, sino bidireccional. Los alumnos deben ser respetuosos con sus profesores, pero los profesores no deben, en ningún caso, ser intocables y, por tanto, deben mostrar el mismo respeto hacia sus alumnos. Si un profesor insulta, humilla, amenaza y grita continuamente a sus alumnos no puede exigir un respeto que no se merece. Y lo que es intolerable es que el centro, conocedor de esta conducta que se lleva sucediendo en los últimos años no sólo no haga nada, sino que además lo encubra. Es más: cuando un alumno decide que ya es suficiente, que no tiene porqué tolerar más el acoso, y acude al director para que intente poner remedio a la situación, ¿la respuesta del centro cuál es? “Si no quieres poner en peligro tu titulación debes ir a la profesora y pedirle disculpas por haberle puesto una amonestación”.
Para mí, personalmente, no sólo me atufa a amenaza, sino que sin duda es un abuso de poder. Y ahí es cuando uno debe tomar una determinación. ¿Dejo que me pisoteen o apechugo con las consecuencias y voy a por ellos, a la yugular?
Yo digo basta de vivir en la cultura del miedo. La masa debe comprender que tiene más poder del que cree. Porque si todos los alumnos afectados se unieran y pusieran una demanda colectiva, el centro no tendría alfombras suficientes para esconder la mierda debajo.
Mi primer año en la universidad, los alumnos de segundo curso vinieron a pedirnos por favor que firmáramos unos papeles para echar a uno de los profesores que íbamos a tener y que ellos ya habían sufrido el año anterior. Muchos se opusieron y se armó un gran revuelo. “Es imposible echar a un profesor, y como no lo vamos a conseguir, al estar nuestros nombres en esa hoja nos van a amargar la carrera”, decían los que se oponían. Yo firmé, como tantos otros. Se echó al profesor y acabé mi carrera sin mayores incidentes. La masa es poderosa. ¿Por qué lo olvidamos tan a menudo cuando se trata de ponerle fin a una injusticia? Existen los inspectores educativos, por el amor de dios, y estoy segura que les gustaría poder hacer más cosas, pero hay que darles las armas que necesitan o si no seguirán con las manos atadas. Y los culpables volverán a salirse con la suya.
¿Por qué no oigo esto en las noticias? ¿Porque es algo que se da por supuesto que siempre ha existido y siempre existirá? Ninguna persona debería ser dueña del destino de otra. Puede que lo permitamos como individuos, pero no debería ser aceptable socialmente. El abuso debe ser erradicado. Tanto del alumando al profesorado, como del profesorado al alumnado. Pero claro, supongo que el segundo no vende tantos periódicos.
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Hola,
me ha parecido muy interesante esto que has escrito. Yo también he tenido problemas con los profesores en la universidad, en mi caso,porque unos comapñeros de clase me hacían la vida imposible y los profesores se metieron pormedio. Una profesora alentó a una alumna a denunciarme, sin tener nada que ver en el asunto,como si fuera su madre … ¿Qué piensas d ello? ¿jurídicamente puedo defenderme de alguna manera?
gracias por escribir lo que has escrito, me he sentido muy aliviada, saludos!