Tales of Future Past
Jun 18th, 2008 by Kundalah
La semana pasada, mientras estudiaba para las oposiciones temas tan interesantes como la Revolución Industrial, la Bauhaus, Frank Lloyd Wright, la Escuela de Chicago, etecé, etecé, no pude evitar acordarme de un libro que leí en mi época universitaria titulado Lo feo no se vende de Raymond Loewy.
Dejando a un lado la opinión más que evidente del señor Loewy sobre las mujeres (aunque no lo expresa abiertamente sus comentarios lo dicen todo; cosa que, por otro lado, no le reprocho, ya que soy consciente de la época en la que escribió el libro y la realidad histórica de aquel entonces con respecto al rol femenino), la lectura es, sin duda, de lo más interesante. Principalmente habla del mal gusto. Qué novedad, ¿no? Bueno, hablar del diseño industrial americano en los 50 y, ya que estamos, también de los 60… es hablar de ingenuidad y mal gusto.
No voy a disertar sobre el contenido del libro (salvo para decir “Dios, qué manía de cromarlo todo; qué razón tenía este Loewy”), pero sí me voy a quedar en esa época.
Como decía al principio, mientras estudiaba la historia del Diseño Industrial para acabar dándome de bruces con los americanos (cuyo mérito fue pasar de los primos europeos y sus chufladas metafísicas, porque no tienen otro nombre), mi lado más friki despertó. “Ey, Diseño Industrial y Ciencia Ficción. Sin duda hay mucha tela de la que cortar ahí”.
Pasar de lo que nos estamos imaginando cuando leemos un relato, una novela, a verlo en pantalla o en las portadas de las revistas pulp, puede llegar a resultar de lo más… impactante. Y el diseño industrial reflejado en la ciencia ficción de los años 50 es, primero, ingenuo como él solo, y ridículo a más tardar. Es que no tenían los medios necesarios, pueden decir algunos. Poco invertían en películas y series de ciencia ficción. Eso era de tercera categoría por lo menos. Nop. Raymond Loewy lo reflejó muy bien. La peña tenía mal gusto y pensaba que brillante y estrafalario era cool. Las empresas de márqueting así lo vendían y sabían que su público estaba deseoso por que les dijeran qué comprar.
Estuve rondando aquella idea durante unos días. “Alguien debe haber investigado sobre ello. No me puedo creer que no haya diseñadores industriales frikis. Molaría asistir a una conferencia sobre esto…” Y entonces llegó Marisa (la mujer que encuentra las páginas más inverosímiles) y me mostró la luz al final del túnel. Tales of Future Past. No tiene desperdicio.

Fotos, vídeos, portadas de revistas, todo muy bien explicadito. Eso sí, en inglés, aunque se entiende muy bien (sobre todo para una servidora que anda coja de vocabulario). Como digo, no tiene desperdicio. Podréis ver cómo veían la ciudad del futuro, la cocina del futuro, la moda del futuro… Y, precisamente, con Future Fashion, os dejo hasta la próxima frikada.
De nada, es un placer
Mola, ¿eh?
Im-prezionante
Zenkius eguein
Ahora a ver si consigo uno de esos libros que tiene en el apartado tienda. Primero a ver si está en castellano (cosa que dudo), si no… pues habrá que tirar del klingon original :-PPPP
Como era de esperar, supongo, tengo un mal gusto espantoso.
Porque a mí esas naves y esas ciudades y esos coches cohete llenos de cromados me encantan. Y toda esa ingenuidad estructural que murió en los cincuenta hasta me da ternurilla, mira tú…
Por no hablar de que me entusiasma Frank Lloyd Wright, prácticamente el único arquitecto merecedor de tal nombre desde la construcción del Panteón de Adriano hace 1900 años. De hecho es tan bueno que me parece injusto llamarle arquitecto, visto el contexto…
(se me había olvidado decirlo).
La palabra clave, como bien dices, es ternurilla. Y, por supuesto, había cosas salvables y cosas que se acercaron bastante a nuestra realidad actual como los rascacielos, algunos pabellones, el teléfono móvil… No todo es horrendo, hay cosas fascinantes. Objetivamente, eso ya es otro cantar.
En cuanto a Wright, totalmente de acuerdo. Como Sullivan y otros tantos americanos principalmente de la Escuela de Chicago, pasó olímpicamente de las chufladas metafísicas de los primos europeos, demasiado anquilosados en las ideas del pasado, e hizo lo que le salió de los cojones para parir obras como la Casa de la Cascada.
Lástima que no haya más como él.