La suerte en la sangre
Mar 11th, 2008 by Kundalah
Hace ya muuucho tiempo, escribí en mi anterior Morada una entrada titulada Mi Futuro es mío y me lo F@### cuando quiero. Estaba bastante cabreada cuando lo hice. Sentimiento generado por la rabia y la impotencia al verme reflejada en mi hermano y la injusticia que estaba sufriendo por parte de una de sus profesoras. Me quejaba, y aún hoy me quejo, de aquellos que se autoproclaman heraldos del destino. Un destino que no les pertenece, pero que se emperran en modificar a su antojo porque han decidido que es lo mejor para ti. Sea quien sea ese “ti”, estés convencido o no de que se equivocan.
A día de hoy, y como están las cosas, sigo pensando que se ha castrado la autoridad a los profesores de escuelas e institutos, lo que sin duda es malo. Muy malo. Sin embargo, aún hay algunos que no han perdido la capacidad de hundirte en la miseria y salir impunes. Y ya no hablo de que a base de sospechosos suspensos voy a hacer que entres por el aro y acabes dedicándote a lo que yo creo que te conviene más, sino que te has atrevido a llevarme la contraria, en vez de agachar la cabeza como los demás, ante mis exigencias. Y eso es precisamente lo que le ha sucedido a mi hermano. El único que se atrevió a hablar en clase y decir basta ante el cúmulo de despropósitos que les exigía un profesor. Cuando me llamó mi hermano ayer y me contó cuál había sido el resultado de su “osadía”, me quedé tan paralizada que por mi boca sólo pudo salir un insulso “vaya, lo siento”. Sólo quince minutos después de seguir escuchando su relato por teléfono, pude estallar al fin llena de rabia e impotencia.
¿La conclusión? Ser un borrego, tragar mierda y dejar que te pisoteen está bien. Nunca, nunca, pongas en duda los criterios de la autoridad si no quieres una condena a la que no puedes apelar.
Los hechos a grandes rasgos son: en el centro pepito deciden impartir un curso de cinco módulos que te permite la obtención de un certificado totalmente independiente a la titulación que te quieres sacar. Dicho curso no es gratuito (cada módulo se paga por separado), ergo eres libre de inscribirte en ellos o no. El profesor de la asignatura X (de tu titulación) da la casualidad que imparte dicho curso totalmente opcional y te comenta de forma muy, muy sutil que inscribirte en él va a hacer que estés más preparado para aprobar su asignatura. Obviamente no va a hacerte media con un curso que es totalmente opcional, como ya he dicho, pero ojo, va a serte “muy” beneficioso. De hecho, el tutor (que ha hecho piña con el susodicho profesor) te dice literalmente: “Es un honor para ti poder cursar CISCO”. Lo siento, pero lo de “honor” me llegó al alma.
El centro, decide apoyar la iniciativa de este curso, dividiendo una asignatura en dos. La A que imparte lo que está estipulado por temario y la G, que tiene un punto del temario (necesario para sacarte la titulación) y lo que se imparte en los módulos 3 y 4 del curso, como he insistido, opcional. Como en el resto de centros reglados dicha asignatura es única (y añado que no incluye para nada lo que se imparte en esos dos módulos), no vale que apruebes una y te hagan media con la otra (la de los módulos 3 y 4), no. Tienes que aprobar las dos por separado para que cuente como una en tu titulación. Pero claro, si estás haciendo dichos módulos “por libre” ¿cómo no vas a aprobar dicha asignatura? Así pues los alumnos, “por iniciativa propia”, se matriculan en los módulos 3 y 4, aunque no les sirven de nada si no se inscriben en el 1, 2 y 5 (que deben pagar religiosamente por separado), ya que con sólo dos módulos cursados, obviamente, no van a tener el certificado que estamos promoviendo. Con lo que bueno, en realidad, estoy pagando dos veces la matrícula de una asignatura y dos quintos de un certificado que no me van a dar, pero bah, es sólo dinero y todo un honor, ¿no?
Ante tal encubrimiento de intenciones (aunque la verdad, de sutil tiene poco y más de descarado), los alumnos que no han tenido intención alguna de sacarse dicho certificado, pero que están siendo empujados a inscribirse, se quejan, y con razón, en los corrillos de pasillo. Sólo uno, mi hermano, decide hablar con el profesor en cuestión y decirle que no le parece justo que lo estén obligando (encubiertamente) a sacarse un certificado que le importa tres pimientos. Que a él lo que le interesa es sacarse su titulación, simple y llanamente, y puede que más adelante se decida a sacarse dicho certificado, aunque sea tres veces más caro si se lo saca fuera del centro como le han asegurado que le va a pasar. Es decisión suya decidir los cuartos que se va a gastar, al fin y al cabo es su dinero.
Como el profesor no consigue convencer a mi hermano de que eso no es lo que está pasando en realidad, que está muy equivocado, que es un intransigente (palabras textuales) y que es incapaz de ver la oportunidad que se le está dando (también palabras textuales), deciden (el profesor, ayudado por el tutor) que mi hermano servirá de ejemplo para que los alumnos que estaban pensando quejarse, decidan que mejor no lo hagan o el chanchullo les puede pasar factura. Mi hermano aprueba la asignatura A, pero obviamente suspende la G y, aunque con la media aprobaría, como ya he dicho, no la hacen. Yyy, sospechosamente, otra asignatura en la que iba aprobando holgadamente, guanderrepente le cae estrepitosamente y, como a mí me ocurriera en su día, qué casualidad el profesor no ha llevado los exámenes para su revisión. Es que no esperaba que nadie se los pidiera. Pero eso no es lo más triste de todo. Dichos profesores, durante el siguiente cuatrimestre después del “incidente de rebeldía”, no eran capaces de mirar a la cara a mi hermano cuando se los cruzaba por la calle. Preferían mirar al suelo o a otra parte antes que, por mera educación, saludar sencillamente. ¡Qué hombría! ¡Qué saber estar! ¡Qué dignidad!
La decisión de mi hermano ha sido tajante: cambiar de centro. Cosa que apruebo totalmente. Como le acabo de decir por teléfono, lo mismo pasa en el mundo laboral. Si en el curro me están jodiento y no veo posibilidad de evitar que me sigan puteando, aguanto lo justo para encontrar otra cosa y largarme a otra empresa para mejor. Y no se trata de la solución fácil o de cobardes, no. Se trata de simple calidad de vida. Si no se me aprecia ahora, no se me va a apreciar después, así que iré donde sí se me valore. Sólo espero que en su caso no le den problemas. Aún recuerdo aquella vez en la que estuve matriculada en dos institutos a la vez porque del que me fui no estaban dispuestos a dejarme marchar y tuvieron la desfachatez de decirme que empezara apresentarme a las asignaturas porque las estaba suspendiendo todas. Manda cojones. Tardaron medio año en asumir que yo estaba en otro centro, antes de borrarme de las listas.
¿Por qué el título a este entrada? Porque a veces parece que nuestra suerte en la vida sea hereditaria. Mi padre, mi madre, mi hermano y yo. Las barreras con las que nos topamos son las mismas. O, sencillamente, nos han educado para no dejarnos pisotear, para tener voluntad propia, para tener el valor de decir “esto no es justo” cuando otros prefieren quejarse en círculos cerrados en vez de actuar, y eso, claro, no es la ley general; choca con la tendencia a camuflarse, ser uno con la masa. Debes creer que puedes combatir las injusticias, pero mejor no lo hagas, kk.
Se supone que la educación nos debe enseñar a pensar por nosotros mismos, tomar decisiones por iniciativa propia, pero este es un claro ejemplo, como muchos otros, de que eso está bien cuando no hay riesgo; que es perfecto si lo hacen otros por nosotros y así yo no pierdo nada si sale mal y gano si sale bien sin haber movido un dedo. Está bien cuando juzgan el criterio de otros, pero no el mío. Nos dicen este es un país libre que promulga los valores democráticos… siempre y cuando no cuestiones mi autoridad. Siempre habrá alguien, por encima de nosotros, cobarde e inseguro, que nos hará pagar por olvidar quién es el que manda, porque tener razón o no no importa, sólo cuánto poder tengo sobre ti y soy capaz de demostrar.
A ver si aprendes la lección. No trates de destacar. Traga toda la mierda que puedas, sopórtala, y, quién sabe, tal vez algún día estarás donde yo estoy ahora y podrás resarcirte con un montón de desconocidos que habrá por debajo de ti y hacerles pagar a ellos lo que te hicieron.
Siento mucho este ladrillo, pero necesitaba urgentemente desahogarme. Saber que no puedes hacer nada y que el afectado menos todavía, es francamente frustrante.