La Oscuridad (Primera Parte)
ago 26th, 2006 by Kundalah
La siguiente historia es continuación de una serie de sucesos narrados en mi anterior Morada. Un camino tortuoso, una búsqueda infructuosa, una meta que parece que nunca va a llegar. Una muchacha, un mundo, una llamada. Para los que quieran hacer memoria o los que simplemente quieran recorrer la senda hacia esta nueva entrega, les conmino a que lean lo que ya ha pasado y de lo que es imposible dar marcha atrás.
Y ahora…
6. La Oscuridad (Primera Parte).
Y allí lo vio. Cargado de ostentación e impaciencia; de noches eternas y días aciagos; de muchos nombres que son uno; de alas negras, suaves como la tentación; de inocencia incorrupta, tesón y desengaño.
Sus ojos bordeaban la estela de lo infinito. Su boca dibujaba palabras que jamás serían oídas. Su porte anunciaba lo divino, lo puro, objeto de toda maldad y conocimiento.
Su trono era de hueso y cartílago; de terciopelo y oscuridad; de fuego y plata; de buenaventura y soledad. La sala que lo albergaba rezumaba infierno y apatía; paraíso y hastío. Una entropía de sensaciones nefastas, dulces y amargas, en justa medida para rozar el límite de la cordura y no perderla jamás.
Y allí estaba ella, con el miedo reptando por la boca de su estómago, la locura galopando en sus sienes y la entereza anclando sus pies al suelo para no salir huyendo. Quiso decir algo. Tal vez gritar. No pudo. ÉL alzó su mano, de dedos finos y largos, seductores y aterradores, y el tiempo y el espacio dejó de expandirse en un silencio sepulcral.
La diminuta luz que pululaba nerviosa a su alrededor se desplazó con toda naturalidad, en un suave zig-zag, hacia aquel ser magnífico. Ella no pudo hacer nada por evitarlo y, ante su sorpresa, observó cómo su pequeña compañera encontraba refugio en el pecho poderoso y a la vez frágil del dueño del castillo. El mundo se hizo pequeño a su alrededor y una voz de alarma fustigó su mente cansada.
-Me llamaste y he venido -se atrevió a decir, incrédula ante su propia osadía, pero firme-. Y ahora, ¿qué?
ÉL sonrío con una dentadura despiadada y un extraño brillo de tristeza columpiándose en sus ojos. Se acarició los labios con la punta de los dedos, seguidamente habló. Su voz brotó límpida y armoniosa y reberberó poderosa entre las cuatro paredes de la sala que temblaron con deleite pavoroso.
-Te agradezco que cuidaras de mí durante todo el camino -dijo. Su mano libre se posó sobre su pecho, donde ahora la pequeña luz descansaba-. Eres libre de andar por donde te plazca.
-Yo… No lo entiendo. Pensé que… Bueno. Tú me llamaste. Vine a ti, tal y como me pediste. Dejé todo atrás. Mi vida en el Bosque, mis amigos; crucé este mundo de oscuridad, pasé calamidades, penurias; consumí todas mis fuerzas, físicas y mentales, y ahora que estoy aquí, ante ti, ¿eso es lo único que tienes que decirme? ¿Un simple gracias, pero no me molestes demasiado?
Se sorprendió a sí misma por su entereza, por su osadía, sin duda fruto de la rabia, la desesperación, el sentimiento de traición y, sobretodo, por esa sensación de cruel desengaño que laceraba su alma, que hacía añicos todas las ilusiones que había puesto en aquella empresa. Se sentía tan frustrada y dolida, que ni siquiera reparó en las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Se sentía estúpida. Una niñata estúpida que se había creído todas aquellas paparruchas, como tal vez lo hicieron otras antes que ella. Pero no. No podía ser. Ella no era como las demás. No iba a permitir que las cosas quedaran así.
-Sé que no es esto lo que esperabas -le dijo con su voz afilada cargada de tristeza y culpabilidad-, pero créeme. Es lo único que puedo ofrecerte en estos momentos. No me pidas más de lo que ahora mismo puedo darte. Las cadenas que me subyugan aquí, son demasiado fuertes y tú no puedes hacer nada por evitarlo. Dame tiempo y podré, tal y como prometí…
-¡Mientes! ¿Cadenas? ¿Qué cadenas? ¿A quién pretendes engañar? Si yo, una simple mortal, ha podido hacer lo que ha hecho porque sabía que tú estarías al otro lado, esperando mi llegada, tú, muchísimo más poderoso que yo, deberías ser capaz de romper con lo que te ata aquí. Pero no lo haces, porque no quieres. Yo, no soy suficiente recompensa para ti, por lo que veo. Sólo un momento efímero de deleite, de diversión, de distracción para ti.
-No es tan fácil.
-¡Ya sé que no es fácil, no soy estúpida! Pero tú tampoco puedes pedirme lo que deseas. No puedes pedirme que después de haber llegado hasta aquí, me quede sin hacer nada hasta que tú decidas otra cosa. No, porque sencillamente tú me lo pediste. Me pediste que viniera, así que ni se te ocurra apartarme sin más.
-Lo siento.
Un velo de oscuridad se descolgó de la nada para interponerse entre los dos. Ella fue apretando los puños cada vez con más fuerza hasta que le sangraron las palmas. Aquello no iba a quedar así. Poco a poco, la frustación que la dominaba fue relegándola a un punto recóndito de su alma, para remplazarla por… otra cosa.
Mientras tanto, en algún lugar, en una sala repleta de espejos, un reflejo sonreía con malicia para luego murmurar:
-Te dije que volveríamos a vernos.